Me senté a esperar para verte algún día.
Y no eran más que tiempos pasados los que guardaba en mi espera.
Y debía saber que estaba equivocada, que no eran más que lágrimas negras.
Y no puentes que alzaban y unían caminos.
Sólo la espera torcía el destino, que no era más que turbio pesar.
Hoy he vuelto a esperar con una alegría nueva, pues no hay montes ni caminos,
de tu ventana a la mía.
Sólo el reflejo de tu rostro y tu mirada en mi ventana.
Y es el mío el que te mira desde la tuya.
De tu ventana a la mía no hay más distancia que,
un camino de hoja de laurel que con susurros y cuchilleos guardan
algunos recuerdos que se anhelan,
recuerdos que llegan en días como hoy,
el crujir de las maderas que me llevaba a tu casa...
El frescor de menta y eucalipto...
Esos recuerdos que llaman al destino
Al camino que va de tu ventana a la mía.

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